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El ejercicio de la crítica

El escritor argentino Jorge Luis Borges, poco interesado en la obra de Marx, ofreció una respuesta que incita a una reflexión productiva. Cada uno de nosotros, afirmó, en tanto lector comprometido, se convierte en autor del Quijote. La lectura de un texto, la contemplación de un cuadro, el acto de escuchar una composición musical, no nos reduce a la condición de consumidores pasivos de un mensaje. Encuentran en cada uno resonancias de raigambre compleja para recrear, más allá de las condiciones concretas que le dieron origen, esencias silenciadas de nuestra subjetividad, reveladoras de lo que somos, instantes de plenitud liberadora; vislumbres de felicidad y de crecimiento espiritual

Hace alrededor de medio siglo Juan Marinello denunció nuestra «indigencia crítica». Como quien da vueltas a la noria, volvemos sobre el tema a través de exhortaciones, llamamientos y búsqueda de estímulos eficaces para el desarrollo de tan necesario trabajo intelectual creativo.  Nos ha faltado, sin embargo, un análisis en profundidad, orientado a desentrañar la naturaleza de la creación artística, su entrada epocal, su trascendencia más allá del momento histórico que le dio origen y su relación dialógica con un interlocutor de rostro múltiple y con las corrientes de pensamiento que nutren el devenir de la cultura. 

Carlos Marx dejó abierta alguna vez la interrogante acerca de los motivos por los cuales, a través de los siglos, formados en contextos sociales tan distantes de aquellos en que Homero apelaba a las musas para narrar la guerra de Troya y los avatares de Odiseo hasta lograr el ansiado regreso a su Ítaca natal, seguimos leyendo La Ilíada y La Odisea .

El escritor argentino Jorge Luis Borges, poco interesado en la obra de Marx, ofreció una respuesta que incita a una reflexión productiva. Cada uno de nosotros, afirmó, en tanto lector comprometido, se convierte en autor del Quijote. La lectura de un texto, la contemplación de un cuadro, el acto de escuchar una composición musical, no nos reduce a la condición de consumidores pasivos de un mensaje. Encuentran en cada uno resonancias de raigambre compleja para recrear, más allá de las condiciones concretas que le dieron origen, esencias silenciadas de nuestra subjetividad, reveladoras de lo que somos, instantes de plenitud liberadora; vislumbres de felicidad y de crecimiento espiritual.

El crítico no se desempeña como juez investido de autoridad suprema, respaldado por un conjunto de recetas elevadas a la condición de normativas de obligatorio cumplimiento. A partir de su dominio de áreas específicas del conocimiento se constituye en interlocutor privilegiado, apto para establecer un diálogo simultáneo con los artistas y con sus destinatarios potenciales. Fundamenta su perspectiva en una concepción del mundo y del arte. Dispone de las herramientas necesarias para descifrar los códigos de cada manifestación teniendo en cuenta su evolución histórica, sus contextos y sus interconexiones con el ayer y el ahora, con el acá y el allá, con las esencias de la tradición y los apremios de la contemporaneidad.

Su función dista mucho de reducirse a un didacticismo simplificador de rancio sabor paternalista. Le corresponde, por lo contrario, develar la complejidad del universo que habitamos y animar la vida de la cultura, componente de intercambio dialógico en el entramado social. Resultante de un ininterrumpido trabajo de investigación, edifica su saber, ajeno a prisiones dogmáticas, a partir de la fecundante dialéctica forjada en el vínculo entre teoría y práctica tal y como lo hizo Aristóteles en su tiempo, al desentrañar mediante el estudio de la representación escénica de los fundadores de la tragedia, su función catártica, vale decir, eminentemente liberadora.

Prescindiendo de la evocación de épocas tan remotas, podemos acudir a la más cercana fuente viva que dimana del magisterio martiano. De manera lapidaria e inclusiva, José Martí definió la crítica en términos de «ejercicio del criterio». A esa práctica consagró buena parte de su multifacético laboreo, atenido a una concepción que desbordaba el campo del arte y la literatura, aunque no subestimara por ello su importancia en el proceso de construcción de la nación. A pesar de su prolongada estancia en otras tierras, no perdió contacto con lo que se iba haciendo en la isla. Valoraba las señales anunciadoras de los pasos iniciales en la configuración de lo nuestro desde una perspectiva que eludía establecer deslindes estrechos. Para sorpresa de Fina García Marruz, explícita en uno de sus ensayos, reconoció la utilidad de la tarea emprendida por una figura tan controvertida como Domingo del Monte. Consciente de la necesidad de que se injerte el mundo en el tronco de nuestras repúblicas, condenó ásperamente al «aldeano vanidoso», seguidor mimético de modelos civilizatorios ajenos, sin dejar por ello de brindar información acerca de los acontecimientos más significativos de aquellos días.

Sabía José Martí que el destino de Cuba era inseparable de una América Latina pendiente todavía de alcanzar su segunda y definitiva independencia. Para llevar adelante ese propósito, sus hacedores no podían permanecer al margen del contexto internacional en lo económico, en lo político y en lo cultural. Lúcido observador de esas realidades, José Martí definió, mucho mejor que la mayor parte de sus coetáneos, la esencia renovadora de la pintura impresionista. Más allá del universo de la creación artística, hizo de su extensa obra periodística un medio de concientización mediante el sistemático ejercicio del criterio, nunca permeado de elemental didacticismo.

Con irrenunciable respeto a su destinatario y aguzada mirada crítica, proponía un diagnóstico fundamentado en la lectura sagaz de los acontecimientos. Pudo abordar así las amenazas latentes en la Conferencia Monetaria Panamericana, atisbar los rejuegos políticos que modelaban el naciente imperialismo, mostrar el rostro de esa sociedad en sus admirables crónicas norteamericanas y exaltar la obra poética de Walt Whitman. El país que emergía entonces con su ambicioso proyecto de expansión territorial y dominación económica evidenciaba de esa manera su realidad compleja y contradictoria.

Fina García Marruz dedicó un libro fundamental al estudio del amor concebido por José Martí como fuerza revolucionaria.  Cintio Vitier, por su parte, afirmó que el amor alentaba en José Martí su ejercicio del criterio. Habría que añadir que en medio de la febril preparación de la Guerra necesaria no abandonó el sistemático ejercicio del criterio, abierto al diálogo con múltiples y diversos interlocutores. Sabía que, en medio de la contienda, había que sembrar las bases de la república en gestación. Por su temprana caída en combate, tuvimos que pagar un alto costo.

En la áspera contemporaneidad por la que transitamos, el ejercicio del criterio, fundado en el estudio y la investigación, atento a la complejidad de los fenómenos que definen el contexto nacional e internacional, concede primacía a la «batalla de ideas» en el ámbito de la comunicación social. Para asumirla con la eficacia debida, la lección martiana mantiene su vigencia como fuente viva de inspiración y ejemplo. ( Tomado de Juventud Rebelde )