Economía

Oposición y Frente Amplio

En el siglo veinte, los levantamientos de Terra de 1933, de Baldomir en 1942 (meramente restaurador), y de los militares en 1973, parecen obedecer a una diferente lógica, donde el surgimiento del fascismo en el mundo y la presencia de la guerra fría en el último caso, introducen variables explicativas de un nuevo nivel. Lo que conforma un panorama donde los componentes doctrinarios comienzan a despuntar, tanto a izquierda como a derecha, aumentando las distancias programáticas entre los partidos.

Fue recién a partir de 1985, con la paulatina restauración de la democracia, que los basamentos doctrinarios de los partidos comenzaron a aflorar, distanciado entre sí a izquierdas, centro y derechas. Por más que de quinquenio en quinquenio, adecuándose a los cambios geopolíticos del mundo, la coalición Frente Amplio creciera electoralmente y al unísono perdiera radicalidad. De forma que su corrimiento hacia el centro ayudó a su crecimiento electoral al tiempo que facilitó el diálogo con el oficialismo de entonces.

Tanto fue así, que los triunfos frentistas de 2005 al 2019 no implicaron un cambio significativo en la matriz productiva del país, más allá de la profundización de la agenda liberal de derechos. Por eso es recién ahora, con la victoria de la coalición republicana y el simultáneo pasaje a la oposición de una izquierda frentista consolidada, que reúne alrededor de un 40% de la ciudadanía, que ésta se ve obligada a imponer un estilo opositor propio. Responsabilidad que en el período 1985/2005, se mostró bastante más atenuada. Pero que actualmente, sin la cobertura que antaño brindaba el socialismo como meta, le imposibilita practicar una política opositora propositiva y de objetivos definidos. Como sería del caso esperar. Es por eso, que en este nuevo contexto la izquierda, imposibilitada de ofrecer un modelo social alternativo, que permita construir una oposición estructurada, debió limitarse a una negativa cerrada a cualquier propuesta proveniente de la coalición gobernante

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Es común escuchar que las relaciones entre el gobierno y la oposición han generado en la sociedad una brecha político cultural difícilmente reparable.

Mientras otros tantos consideran que se trata de diferencias menores, más discursivas que reales, corrientes en la vida democrática. Ambas posiciones cuentan con variedad de argumentos lo que dificulta tomar posición. Las distancias que en el pasado separaron a blancos y colorados -varias de las cuales se dirimieron con las armas- se asentaban en un país aún en proceso de formación, carente de una cultura política de calidad, lo que complica la comparación con la actualidad. De hecho, pese a la dureza de los antagonismos, se trataba de choques temperamentales e ideosincráticas, basados en diferencias entre caudillos, más que oposiciones ideológicas en el sentido fuerte de este concepto.

En el siglo veinte, los levantamientos de Terra de 1933, de Baldomir en 1942 (meramente restaurador), y de los militares en 1973, parecen obedecer a una diferente lógica, donde el surgimiento del fascismo en el mundo y la presencia de la guerra fría en el último caso, introducen variables explicativas de un nuevo nivel. Lo que conforma un panorama donde los componentes doctrinarios comienzan a despuntar, tanto a izquierda como a derecha, aumentando las distancias programáticas entre los partidos.

Fue recién a partir de 1985, con la paulatina restauración de la democracia, que los basamentos doctrinarios de los partidos comenzaron a aflorar, distanciado entre sí a izquierdas, centro y derechas. Por más que de quinquenio en quinquenio, adecuándose a los cambios geopolíticos del mundo, la coalición Frente Amplio creciera electoralmente y al unísono perdiera radicalidad. De forma que su corrimiento hacia el centro ayudó a su crecimiento electoral al tiempo que facilitó el diálogo con el oficialismo de entonces.

Tanto fue así, que los triunfos frentistas de 2005 al 2019 no implicaron un cambio significativo en la matriz productiva del país, más allá de la profundización de la agenda liberal de derechos. Por eso es recién ahora, con la victoria de la coalición republicana y el simultáneo pasaje a la oposición de una izquierda frentista consolidada, que reúne alrededor de un 40% de la ciudadanía, que ésta se ve obligada a imponer un estilo opositor propio. Responsabilidad que en el período 1985/2005, se mostró bastante más atenuada. Pero que actualmente, sin la cobertura que antaño brindaba el socialismo como meta, le imposibilita practicar una política opositora propositiva y de objetivos definidos. Como sería del caso esperar. Es por eso, que en este nuevo contexto la izquierda, imposibilitada de ofrecer un modelo social alternativo, que permita construir una oposición estructurada, debió limitarse a una negativa cerrada a cualquier propuesta proveniente de la coalición gobernante.

Una circunstancia que en este caso se complica aún más, en tanto los partidos dominantes en el FA, (MPP y Partido Comunista) -el centro social demócrata esta desmantelado- son agrupaciones de origen radical-revolucionario pero que no obstante esa condición dudan que sus propuestas clásicas, sustentadas en premisas anacrónicas, tengan aplicación en el mundo del siglo XXI. Por lo cual, sabiendo que otros grupos frentistas las rechazan, no solo no las practican sino que raramente las mencionan, salvo en sus tenues apoyos discursivos a Venezuela, Cuba o Nicaragua o en su trabajosa neutralidad ante la guerra en Ucrania.

Inmersa en esta orfandad ideológica y sin un sustento como el que le aporta al gobierno su modelo de capitalismo reformista, (dispensando al mercado y al Estado la debida coordinación bajo el manto de la democracia liberal,) a la oposición no le queda otro recurso estratégico que la negación por la negación misma. Alcanza para probarlo con revisar la lista de las propuestas más relevantes de parte del gobierno, a las cuales, sin aportar alternativas, se ha opuesto rotundamente el FA junto a sus asociados sindicales.

Recordémoslas sin ningún orden y sin afán de totalidad: educación, reforma de la seguridad social, modificaciones en las relaciones laborales, TLC con China, Ley de Urgente Consideración, venta de áreas productivas ruinosas como el portland de Ancap, fijación objetiva del precio de los combustibles, tenencia compartida de los hijos, modernización estatal, reformas en el puerto, regla fiscal, cesar pérdidas por provisión de nafta en Laguna del Sauce, contratos con ONG para mejorar atención niños en ANEP, investigación de irregularidades en los sindicatos de la enseñanza, modificaciones en el área de las comunicaciones, etc. etc. En estas condiciones, ¿puede hablarse de oposición constructiva? ¿Dónde están los proyectos alternativos? ¿Modernizar y adaptarse a los tiempos, es una mala política? ¿Nada debe cambiar?

Es cierto que la central sindical y algunos gremios más radicalizados, Fancap por ejemplo, siguen postulando la creación de un “bloque social-popular alternativo”, a partir del cual elaborar una estrategia fundada en la lucha de clases. Pero, a diferencia del pasado, nunca precisan las características de ese bloque alternativo ni aclaren como el mismo se relacionará con la democracia liberal. Sólo adelantan que será un régimen clasista. Una omisión que se confunde con las viejas fórmulas del socialismo soviético a las que adhiere el Partido Comunista Uruguayo, por más que ambos sientan recato para formularlas claramente y terminen por plegarse a una oposición meramente denegatoria. Como si nada que no provenga de su seno tuviera valor político. Reiteran así una actitud que solo profundiza la grieta.